El amor en los tiempos de Kobe

February 26, 2016

 

            El abrazo entre Kobe Bryant y LeBron James es la síntesis de un aprendizaje en curso. El contraste gana terreno en las expresiones: el que se va, desparrama mesura, desahogo, relajación. El que se queda exhibe una mezcla disociada de agradecimiento, oportunismo y competitividad. Se trata del traspaso de un legado invisible que se hace en silencio. Un silencio tan profundo, tan penetrante, que se escucha: se trata del resquebrajamiento de una época.

"Yo fui lo que tu eres, y tu serás, algún día, lo que fui yo".

            Las épocas tienen sus mártires, pero no siempre existen documentos que permitan evidenciar los traspasos de manera natural. En ese cruce de voluntades, Kobe le dijo, sin hablar, que lo entendía. Que sabía lo que pasaba con él y alrededor de él. Que un gran poder conlleva una gran responsabilidad y que esa virtud de los diferentes también es una condena, porque los mejores no disfrutan. No tienen tiempo para eso, sólo hay que ganar, ganar y ganar. Un comportamiento compulsivo que no es más que una enfermedad desmedida por la competencia. Dime con quien andas y te diré contra quien pierdes. Sonríe para las cámaras, querido amigo. Aún cuando las piernas no sean las mismas, cuando por dentro te estés muriendo, cuando tu despedida sea todas las noches, el mensaje no puede ser diferente. El truco sería, entonces, poder olvidar. "Acércate, LeBron, te contaré un secreto: siempre añorarás la primera noche. Siempre temerás la última".

            Los griegos fueron severos en ese mandato: nunca nadie ha podido bañarse dos veces en el mismo río.

            La historia de ese abrazo, decíamos, es una historia de aprendizaje. Los medios de comunicación nos sugieren que siempre existió esta última versión de Kobe, pero es una completa mentira. El astro de los Lakers supo ser -al igual que LeBron- un chico inmaduro, malcriado, desobediente que creía haber pisado la luna cuando aún estaba empezando a atarse las zapatillas. El talento desmedido a etapas tempranas genera esta clase de llamas de extensión desproporcionada.

            El cortocircuito de la razón es pensar que Bryant cambió su juego dentro de una cancha. Esto no pasó jamás. Kobe fue, es y seguirá siendo hasta el final un jugador individualista de capacidades asombrosas, capaz de ser superhéroe y villano en una misma noche. Esa fue su magia y con esas cartas tuvo una cantidad recurrente de manos deslumbrantes y algunas pocas decepcionantes. Lo que sí modificó -y ese fue su gran triunfo- fue la capacidad de aceptar lo que sucede. Jamás dejar de pelear, sí entender que las cosas a veces pasan y no se puede luchar contra lo inevitable. Es tan importante atenazar el gran pez como saber dejarlo ir. Esa liberación es su gran triunfo. El freno para Kobe fue mucho más que el corte del tendón de Aquiles. Ese mensaje de superación, de crecimiento, está escrito en ese abrazo, en esa mirada, en ese último encuentro. "Te comprendo, querido amigo. Y creeme: algún día me comprenderás a mí".

El advenimiento de Stephen Curry -y la madurez de Kevin Durant- permiten pensar en que ya existen némesis para James, como oportunamente fue LeBron para Kobe, o como antes fue Kobe para Jordan. Esta persecución de genios no es más que un carrera de egos absurda e ilógica que tiene mucho más sentido en un consultorio de un psicólogo que en una cancha de básquetbol. El mundo enseña que este es el camino, pero hay que entender que es una ruta autodestructiva. Sin embargo, esto se reproduce de manera geométrica en cada club, en cada partido y en cada torneo a lo largo y ancho del mundo. La búsqueda del mejor y del peor, la relación de poder estúpida que sube a alguien a un peldaño en el que sólo se oyen aplausos y vítores, y que a la larga es tan resbaladizo que termina siendo una trampa mortal. El abrazo entre Kobe y LeBron tiene su simbología, porque se trata del que comprendió y del que aún está en proceso de comprender. El éxito es algo más que ganar y Kobe ahora lo está experimentando. En cada cancha, en cada noche, en cada aplauso rival. Reconocen sus triunfos, su espíritu de competencia, el cambio en su comprensión de lo que rodea al deporte y también, por qué no, lo aplauden porque ya no ven en Kobe una amenaza seria a sus intereses. Seguramente. y pese al éxito desmedido que tuvo, Bryant pensará que podría haberlo hecho aún mejor en sus años de despedida.

            El amor en los tiempos de Kobe entra en su etapa final. En tiempos en lo que todo se quiere de manera inmediata, vale la pena respirar hondo, tomarse un minuto y hacer valer los conocimientos adquiridos. La vida es aprendizaje, y hay que pasarse la vida intentando aprender cosas nuevas. Vivir cada minuto como el último minuto, porque es la única manera correcta de vivir. El abrazo entre grandes maestros es, por supuesto, mucho más que un abrazo. Es un consejo otorgado sin palabras. Años que se transmiten en experiencia: el secreto del juego es comprender que nunca deja de ser un juego. Y que todo, tarde o temprano, se termina.

            La solución del enigma, en definitiva, estuvo siempre frente a nuestras narices.

 

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