Stephen Curry es un mal ejemplo

March 4, 2016

Asumámoslo de una vez: Stephen Curry es un pésimo ejemplo para los jóvenes. No hablamos de lo que pasa fuera de la cancha, algo que realmente no nos interesa, sino de lo que ocurre efectivamente dentro del rectángulo de juego.

 

                Los jóvenes contemplan a LeBron James, pero no lo imitan en sus entrenamientos: nadie puede sentirse identificado como jugador con un súper atleta de más de dos metros capaz de besar el aro en cada brinco. Lo mismo pasa con Russell Westbrook, con Kevin Durant, con Kawhi Leonard y pasó, por qué no, con el mismísimo Michael Jordan, quien podía dormir una siesta en el aire en cada una de sus incursiones al aro. Atributos físicos sobrenaturales que, combinados con talento, gestaron -y gestan, en infinidad de casos- una situación tan surrealista como adictiva.

                Pero con Curry no pasa eso. Curry parecería ser un vecino, un poco alto pero tampoco demasiado, que vive en la esquina y que dicen, los que lo conocen, que sabe jugar al básquet. No tiene un físico trabajado a pleno en el gimnasio, no tiene tatuajes, no inspira señales que indiquen que tiene algo guardado para ser lo que es. Y esa ilusión catastrófica es lo que lo hace tan peligroso como increíble, porque Curry no la vuelca y no salta. Curry dribblea, corre y tira, pero lo hace tan rápido y tan bien que confunde. Entonces, a los ojos de un chico de quince años que despunta el vicio del básquetbol con los amigos, parecería ser posible hacer lo que Curry hace. Es una tentación irresistible... pero no. La combinación de velocidad, puntería y precisión desmedida lo han convertido en la pesadilla de los entrenadores en el mundo, que tienen ahora que convencer a sus dirigidos que lo que hace Curry está mal. ¿Por qué está mal si le da resultado? ¿Él es el mejor de los Warriors y nadie puede con ellos, no es así? Silencio en la sala.

                La mayoría de las decisiones del genio de Golden State son un espanto para el básquetbol al que estamos acostumbrados, pero son una bendición para el propio Curry: tirar a la carrera sin pensar en el rebote ofensivo es un error, pero con Curry es un acierto. Tirar sin estar con los pies en posición es una equivocación frecuente en los tiradores, pero con Curry es la llave del tesoro. La hiperactividad a la enésima potencia sólo sirve en los videojuegos, pero en la vida real produce errores constantes que, durante años, fueron señalados con vehemencia por los entrenadores de turno a sus dirigidos. Entonces un día llega un superdotado y cambia las leyes para siempre. Curry es para el básquetbol lo que John Nash es para las matemáticas. Ve cosas que los demás no ven, divisa ángulos imperceptibles, construye puentes imaginarios para el balón que derivan en rutas directas hacia el aro.

                Curry llegó al básquetbol para devolver el juego a sus orígenes. Como alguna vez pensó James Naismith, todo se trató, en un principio, de la puntería. De colocar una esfera dentro de un agujero la mayor cantidad de veces que se pudiera. Luego cambió todo y comenzaron a regir otro tipo de reglas: los atletas ganaron espacio, notoriedad, fama y dinero. Pero en un principio, cuando lo único que valía era la diversión, fueron los arqueros los que escribieron los mandamientos. Los que gobernaron el mundo. Y es por eso que Curry genera tanta empatía, porque si él puede, entonces parecería ser que todos podemos. Un chico tímido, sin grandes pergaminos, se sube a la cima del monte Olimpo gracias a su maravillosa capacidad para lanzar desde cualquier posición. Desde la línea de tres puntos, desde la mitad de cancha, desde la vereda de enfrente. Curry es tan ingenioso, tan divertido, tan frustrante.

                Hoy ha superado la barrera de los triples convertidos en una temporada. Ha llegado a 288 con 24 partidos aún por delante en serie regular. Es interesante saber que Stephen Curry ha superado a Stephen Curry primero (286 en 2014-15) y a Stephen Curry después (272 en 2012-13). Ese es el top 3 histórico de la NBA.

                Por lo tanto, queridos entrenadores, acepten de una vez que este hombre es el enemigo número uno de sus enseñanzas. Que todo lo que haga alentará a los jóvenes a querer imitarlo, sin reparar en las consecuencias de aprendizaje que eso genera. Sólo el tiempo permitirá entender que es imposible hacer lo que este jovencito hace. Que sus lanzamientos escapan a los sueños de los grandes maestros, que su virtud física está en la resistencia sobrenatural, que su dribbling es más propio de una arena de circo que de una de básquetbol.

                Señoras y señores, pasen y vean al mejor tirador de la historia del juego.

                El básquetbol necesitaba esta clase de éxtasis recurrente. Hagan silencio: el fenómeno está en la sala.

 

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